• andregaedo

Pedaleando en el desierto más árido del mundo



100 kilómetros de bicicleta en San Pedro de Atacama era el desafío planteado junto a un grupo de amigos y conocidos. ¡Parecía una locura para alguien que no fuera un avezado ciclista! pero más locura era, considerando que este desafío físico a 3 mil metros de altura, lo llevaríamos a cabo una semana después de mis primeros 10K en la Maratón de Santiago.

Había entrenado más de 6 meses, estaba en excelente estado físico, pero una carrera te agota y hay que tomarse tiempo para recuperarse. Bueno, tiempo no hubo.

Jueves posterior a la MDS y partimos rumbo a San Pedro de Atacama vía aérea. Los pasajes normalmente están entre $50 y $60 mil pesos ida y vuelta, pero si estás con suerte puedes encontrar ofertas a mitad de precio.

Íbamos a recorrer 100K sobre las dos ruedas, claro, de manera parcializada. Primer día 60 ida y vuelta a la Laguna Cejar, segundo día poco más de 20 ida y vuelta al Valle de la Luna y la última jornada cerca de 20K ida y regreso al Pucará de Quítor y alrededores ¡Muchos lo hacen!

Arrendar bicicletas en San Pedro es fácil y económico. Hay alternativas desde 4 mil pesos chilenos el medio día y 8 mil la jornada completa. Así que tomamos esta opción, en vez de viajar con nuestras bicis.

Partimos hacia la Laguna Cejar a primera ahora del día, bañados en bloqueador y bastante agua para el camino. Pedalear en altura no es fácil, pero poco a poco me fui acostumbrando. Hicimos algunas paradas hasta llegar al mágico destino: una laguna en la que debido a su alta salinidad, flotas sin hacer esfuerzo alguno.

La sensación es indescriptible... en medio de la nada, un ojo de agua salada, templada, que invita al turista a dejarse llevar y disfrutar, y así lo hicimos.

Flotamos y flotamos... intentamos hundirnos y fue imposible. Una experiencia genial para grandes y chicos, aunque siempre es recomendable usar lentes de agua, porque pueden arder los ojos.

Tras el baño, corrimos a quitarnos la sal con agua dulce que salía de una manguera instalada metros más allá. Impensado pedalear otros treinta kilómetros con el cuerpo lleno de sal.

Emprendimos la vuelta y bajó rápidamente la temperatura... llegamos de noche y exhaustos al pueblo. Un baño, comer y a descansar que temprano partíamos a Los Geiser del Tatio (4500 metros sobre el nivel del mar), claro, no en bicicleta.

A las 5 am nos pasó a buscar la van que nos llevaría a los Geiser; es necesario partir a esa hora para ver la salida del primer rayo de sol, pues ese es el momento de mayor esplendor. Abrígate y mucho... arriba, invierno y verano, hay varios grados bajo cero. ¡A mi me tocaron menos 15 grados en pleno mes de abril!

Por la altura es recomendable mascar, durante el camino, hoja de coca o chicle del mismo sabor. Así evitas apunarte y perderte el mágico momento.

Estaba ansiosa esperando la salida del primer rayo de sol... ya habíamos recorrido los pequeños hoyos burbujeantes y no imaginaba cómo evolucionarían, pero llegó el momento y todo se transformó. El espectáculo fue alucinante y cualquier descripción puede no abarcar la totalidad de ese fantástico fenómeno natural.

Impactados y maravillados emprendimos el regreso... pasamos por Toconao, un poblado típico de la zona y unos baños termales que nos ayudaron a calentar el cuerpo. Tras ello bajamos a San Pedro para emprender, en la tarde, nuestra segunda ruta en bicicleta: El Valle de la Luna.

Partimos a eso de las 4 de la tarde, pues queríamos ver el atardecer desde la cima de una colina, un panorama obligado en San Pedro. El camino era bastante más duro que el del primer día. Muchas subidas y bajadas, pero nada imposible de realizar.

Las dunas nos desafiaban y aunque sabíamos que era imposible ganarles, nos desviamos del caminos para jugar a enterrarnos con la bici un rato.

Seguimos y nuestra primera parada la hicimos en medio de un escenario sacado de la superficie lunar... de ahí el nombre Valle de la Luna. Hoyos, caminos, cuevas, túneles... me sentía como una niña en un parque de diversiones.

Nuestras bicicletas estaban seguras y amarradas en un lugar apto para ello y desde ahí empezamos a subir hacia la colina desde donde se podía apreciar la puesta de sol en el desierto... un imperdible que nos dejó fascinados y con ganas de volver. Y es que los colores y el paisaje son indescriptibles.

Regresamos al hostal en medio de la oscuridad. Fundamental llevar una linterna o luz para la bicicleta, además de un buen corta viento porque la temperatura cae drásticamente.


Tercera y última jornada y nos dimos la mañana libre para turistear en el pueblo, conocer la iglesia, comprar regalos, probar los imperdibles helados artesanales de los más diversos sabores; mi favorito, el de chañar. Almorzamos también en el pueblo, la oferta es amplia y hay precios para todos los gustos.

Por la tarde, nuestro último desafío: el Pucará de Quítor a través de una ruta bastante más relajada. Pedaleamos con tranquilidad, cruzamos pequeños esteros y llegamos a este fuerte atacameño construido en el siglo XII, un lugar cargado de historia y energía.

Ascendimos hasta la parte más alta y pudimos comprender, gracias a un guía, las costumbres, la cultura e idiosincrasia de este pueblo prehispánico de Chile. ¡Toda una experiencia!

Seguramente se estarán preguntando si recomiendo hacer estas rutas sobre dos ruedas y la respuesta es ¡Sí!, sólo tomen la precaución de no correr su primera carrera oficial un par de días antes.




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